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Jueves 14 de diciembre de 2017

Pedrito y el fanatismo de inventar historias

Pedrito y el fanatismo de inventar historias

Años me saqué los pillos con historias para no ser castigado o que me pillarán en algo. Nunca hice nada malo, en todo caso, pero con el tiempo el “mentiroso” fue sonando a menudo para referirse a mí. En mi defensa nunca fui un cabro malo, nunca fui ladrón, estafador, ni nada por el estilo. No me considero un mentiroso por enfermedad. Todos en algún momento mentimos para salir del paso, eso es parte de la niñez ¿Quién no lo hizo?

Todo esto comenzó cuando los fines de semana en mi casa escuchaba historias de mis tíos. Historias de infancia, vivencias, de todo tipo. Me sentaba al lado de mi papá, engatusado con los relatos. Podía estar horas junto a ellos mientras tomaban piscolas y sobre la mesa de centro dejaban sus cajetillas de cigarro y las llaves de sus autos. Nunca sabré si todas las historias que contaban mis tíos eran verdaderas, prefiero no saberlo. Son historias llenas de magia que me generan lindos recuerdos y nostalgia. Y sí algún día me dicen que eran mentiras, me rindo al ingenio de este grupo de gangsters que improvisaban una trama mejor que la de Hamlet. De esta vivencia nació mi fanatismo por el noble y gentil arte de contar historias que nunca existieron.

Retrocedo al año 2000 aproximadamente. Cursaba segundo medio en el Colegio Claretiano, Alejandro González (El Chaplin) un gran amigo de esa época me dice: “¿weón que libro leíste pal miércoles?”. Obvio que mi cara se desconfiguró por completo en cosa de segundos con un pode-roso flashback recordé que un mes atrás María Angélica Corrial (mi profesora jefe en ese momento), nos pidió seleccionar un libro y hacer una presentación. Pues bien, a partir de ese momento sólo tenía un día y medio para leer algo que no había hecho en un mes. Era técnica y físicamente imposible para mí y mis habilidades de lectura. Durante varios minutos estuve parado frente la biblioteca de mi casa y el único libro llamativo (según mi pésimo criterio) era uno que se llamaba Tifón, libro con más de 1000 páginas. ¡Carajo! Cada vez era más complejo todo, el tiempo era oro, no quería otro rojo más.

Ya en mi pieza, buscando algún rincón de la casa donde me pudiera caer y partir la cabeza para no ir al colegio durante toda la semana, se me ocurrió inventar un libro. Yo tocaba en una banda y si tenía la capacidad de escribir letras, ¿por qué no el resumen del resumen de un libro que supuestamente leí? Listo. Ya no era necesario romperme la cabeza, ahora era cosa de sentarme e imaginarme algo.

101.7, sonaba la FM Hit, y dentro de toda la parrilla musical sonó “Eligiendo una reina” de los Chancho en Piedra. Y bueno, así se llamó mi libro inventado. El autor se llamaba James Bordin (la mezcla entre James Hetfield y Mike Bordin). Ya pasaron 17 años y no recuerdo de que se trataba lo que inventé, pero si recuerdo que presenté el libro con una cartulina amarilla y de una manera bíblica. No me saqué un 7, pero sí fue una buena nota, no fue perfecta sólo porque no llevé el libro, que obvio, nunca existió.

Misma época, las mismas ganas de no ir al colegio. 07:30 de la mañana, llovía, pero no tan fuerte, había prueba y no había estudiado, debía buscar la forma de no ir o atrasarme. Estaba compleja la misión pues ya me había levantado, me había despedido de mis viejos y ya estaba caminado. Y como soy una persona que le gusta mirar todo, me di cuenta que bajo de la Estación Pedreros (Línea 5 del metro) caía un chorro de agua como las cataratas del Niagara, No se diga más, me puse bajo ella hasta quedar empapado totalmente. Me devolví a mi casa y con un: “no me dejaron subir al colectivo por estar tan mojado”, logré quedarme un rato más en la casa y así perderme la prime-ra hora de clases y la prueba. Fui un capo, un sabio. Mamá, papá, yo sé que leerán esto, disculpen por la mentira… no, disculpen por crear un relato glorioso aprovechándome de la pureza de sus corazones.

Y así fueron pasando los días, donde mejoré el relato de mis historias para salvarme de un problema determinado. He creado tremendas historias, como la de una guagua que salvé cuando evacuaron el edificio por una fuga de gas, pasando por la “teoría de la tina” en plena reunión con cliente, hasta el trailer de una nueva serie de Netflix que supuestamente vi, y que la bajaron por lo agresiva que era. Pero ojo, soy de los que una vez que veo aprobación de la historia digo “es mentira” o “lo acabo de inventar”.

Sí asumo que todo esto es un arma de doble filo, corro el riesgo de que nunca más me crean algo. Por ejemplo, mi equipo en la agencia no me cree nada de lo que digo. No me creen que una vez bajé a estirar las piernas y junto a Felipe terminamos recorriendo todo el sector que nos rodea buscando a una niña que se había perdido. Por eso debo ir con cuidado, con freno de mano, el relato de historias es un arte, lo vi en mi infancia, lo vivo ahora.

“¿Mientes mucho cuando presentas campañas?”, me preguntaron una vez. No, yo no miento, invento historias para que lo que estoy vendiendo sea más divertido y creíble. Es una especie de maquillaje, peluca y vestuario. No, no miento, relato historias que escuché alguna vez por ahí, la adapto al momento y con un grado de exageración trato de sacar sonrisas. No, no miento, es más me considero ridículamente honesto y frontal, tan así que hasta he tenido serios problemas por decir la verdad.

Todos, absolutamente todos, hemos pasado por ese proceso creativo donde inventamos algo que nos saque de ese apuro. Desde la mala chiva para no ir a clases, pasando por la excusa ridícula que justifica tu atraso para una junta, hasta el glorioso relato (con lágrimas incluidas) que termina con el mítico “no eres tú, soy yo”. Sólo Gary Oldman podría equiparar tanto talento. Y si bien la mentira está vinculada a algo malo, mi invitación no es a que sigan mintiendo, es a que realmente miremos ese concepto como una maquinaria de desarrollo creativo de relatos. Insisto, no quiero que mientan por la vida ni nada por el estilo, quiero que esa capacidad de inventar cosas sea la mejor arma para crear y relatar historias atractivas. De eso se trata la redacción creativa, ¿o no?.

Muchas veces caminando por ahí, me encontré con malabaristas obscenamente talentosos. He visto volar cuchillos, palitroques, pelotas en todos sus formatos, frutas, enanos de dos cabezas, zapatos y las infalibles antorchas. Trabajo perfecto desde el suelo mismo, o arriba de un monoci-clo. Realmente admiro mucho a la gente que tiene el talento a flor de piel. Cada persona tiene sus forma de mostrar sus habilidades. Unos cantando, otros haciendo reír, otros bailando y otros rela-tando historias. Si lo aterrizamos ya al mundillo publicitario estamos hablando de Storytelling, pero no entraré en este campo minado, ya que creo que hay expertos en la materia que me podrían descuartizar si invento algo, pero me gusta la idea de creer que ese concepto lo arrastro desde niño, lo arrastro desde aquellas tertulias de sábados por la noche junto a los Landauro y Basadre.

Soy un convencido y el tiempo me lo ha demostrado. Un buen vendedor vende productos, pero los mejores vendemos historias. El Joker, por ejemplo, bajo la interpretación de Heath Ledger siempre contó historias distintas sobre su “sonrisa” y lo que más me atrae de eso, es que cada uno de nosotros se queda con la versión que más nos gustó, queda a interpretación propia, como el arte, que según yo es la máxima expresión de emociones del artista, es propia y representativa del flujo de ideas que corre cada segundo por sus venas. Lo que veamos o interpretemos nosotros es otra cosa y muchas veces no estamos ni cerca de lo que quiso transmitir el artista. Por lo mismo, el relato de historias (la mentira blanca para otros) es un verdadero arte.

Ahora, mi relato/mentira ¿es una herramienta de venta? Pues claro, lo único que debo hacer es que mi historia se vuelva tangible. “Un buen equipo de ventas ya no puede estar armado por vendedores, debe estar armado por verdaderos poetas…”, leí por ahí. Ya no hay reunión que no vaya con un guion preparado. Mi gran desafío es vender marcas sin la necesidad de mostrar el producto, ya entendí que el día que sólo quiera vender algo, es porque dejé tener cosas que contar y no, no pienso llegar a eso. Estamos en una industria que nos demanda creatividad, pero no sólo en el copy o el arte, también en la venta. Inteligencia de negocio se llama. Comprendí también que lo que yo diga, debe estar alineado con lo que pase realmente en otras zonas. ¿Qué saco con contar una tremenda historia en Facebook desde el lado del Social Media, si la marca en el punto de venta genera paupérrima experiencia de usuario? Nada, en este caso los esfuerzos del creativo lamentablemente dependen del estado de ánimo de un supervisor de tienda que muchas veces no tiene idea lo que estamos tratando de hacer, que lastima, que frustra-ción.

Entendí que no basta con una buena idea, ya que esta debe ser vendida con guión, estrategia y marketing. El relato de la linda historia ya no debe ser sólo dirigida al consumidor final, mi relato de venta debe estar orientado a convencer al equipo de cuentas, al cliente y cerramos con el consumidor final, debo convencerlos a todos de que mi exageración en la historia es lo mejor que verán en años.  Como storyteller me veo en la obligación de generar pánico psicológico y debo decirle a mi cliente que su marca puede ser el nuevo Blockbuster o Kodak del mercado si no sigue mi ase-soría comunicacional. No es mentir, no es engañar, es usar el relato de historia como herramienta agresiva de venta y persuasión.

Yo no soy mentiroso, sólo que me gustan mucho las historias, sean verdad o no; respeto mucho al que tiene la capacidad de improvisar una respuesta que juegue a su favor en cosa de segundos. Hoy es más fácil vender o ganar, diciendo mentiras, ¿no me cree?, mire publicidad y escuche a los políticos.

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