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Lunes 23 de abril de 2018

Columna de Opinión: Los que no quisieron arrancar

Por
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Lunes 8 de marzo de 2010

En el momento en que todo el país y los chilenos temblaban, al momento en que varios corrían despavoridos tratando de acordarse de la operación Daysi, de los marcos de las puertas y de conservar la calma, hubo quienes simplemente no quisieron entender el mensaje de la madre naturaleza y obviando todo tipo de instinto de supervivencia se quedaron en el mismo lugar, entregándose a Dios, Buda, Satanás o quién sabe a quién. Como lo hizo una pareja de abuelitos confinados en una antigua casa patronal de los tiempos de la colonia en un campo perdido tras la carretera 5 Sur en la Octava Región. Apenas comenzaron a sentir que no era un temblorsito más; el miedo, la calma y la resignación se apoderaron al mismo tiempo de todo tipo de acción racional y decidieron esperar lo peor abrazados en la cama y rezando todas las plegarias que se sabían. El abuelo protegió a la abuela con su cuerpo por si la casa se venía abajo y ésta, acordándose de sus hijos, nietos, sobrinos y amigos empezó a nombrarlos uno por uno con los ojos cerrados esperando en cualquier momento el desenlace fatal.


(C) http://www.boston.com/bigpicture/2010/03/chile_three_days_later.html#photo8

Al día siguiente pudieron ver con la luz de un día que no quería aparecer los enormes daños en su hogar. Las piezas donde dormían sus hijos y sus nietos en esas semanas de veraneo en el campo quedaron sepultadas bajo los escombros. El techo y las paredes en el suelo, parecía la imagen de una película de la II Guerra Mundial. Una casa llena de historias y momentos familiares totalmente destruida, salvo la pieza en donde ellos decidieron quedarse y aferrarse a la vida estando tan cerca de la muerte. Su pieza fue casi lo único que se salvó de esa casa; llámenlo milagro, llámenlo suerte, llámenlo buena o mala construcción, el hecho es que ese día la pareja de abuelitos entendió que quizás no lo habían vivido todo, que su tarea quizás aún no estaba hecha en la tierra, y que como muchos de nuestros abuelos piensan más en cuantos días faltan para morirse, empezaron a apreciar los días que les quedan de vida. Lo digo con conocimiento de causa, son mis abuelos por parte materna. Acabo de hablar con ellos por teléfono y están comiendo un bistec a los pobre en la casa de unos tíos en Los Ángeles.

Quise compartir en este espacio esta pequeña historia que afortunadamente tuvo un final feliz, pero que quizás en muchos otros campos perdidos  tras una carretera hubo abuelitos que nunca pudieron hablar por teléfono con sus nietos y menos sentarse a almorzar un bistec a los pobre luego de la catástrofe. De eso estoy agradecido, aunque no sé aún a quién agradecerle. Un testimonio más de una catástrofe que nos enseña que lo peor de la naturaleza a veces puede sacar a relucir, después de ésta, lo mejor del ser humano, como lo es valorar nuevamente la vida aún si estás en la última etapa de ésta.

Envía tu Columna de Opinión a zappingdigital@gmail.com y será publicada en este espacio.

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