StarterDailyOpinión

    ¿Por qué te cuesta tanto demostrar lo bueno que eres?

Pregunta frecuente en mi vida. La escuché 1.000 veces de la boca de otras personas y otras 5.000 veces me la hice cuando estaba ad portas de la depresión por un fracaso mínimo o uno bíblico.
Lo peor, es que esa preguntita sigue dando vueltas en mi cabeza. No por mi autocrítica constante, sino que es porque estoy rodeado de gente absurdamente talentosa y no lo sabe y, si lo saben, les da terror disfrutar de ello y les da miedo; se pierden en tiempo y espacio. Ahí me nacen todas las ganas gritarles en la cara (como un Hitler indignado gritándole a sus subordinados): ¿por qué carajo te cuesta tanto demostrar que eres bueno?

Pero ¿les cuento algo?… me da miedo que me respondan que yo soy el menos indicado a preguntar eso. Miedo, siempre miedo.

Miedo, según una búsqueda en un diccionario añejo que tengo se explica como: Del término latino metus. Se trata de una alteración del ánimo que produce angustia ante un peligro o un eventual perjuicio, ya sea producto de la imaginación o propio de la realidad.

Soy una persona tremendamente temerosa, con muchos puntos débiles y con serios problemas de autoestima, no me quiero o no me creo el cuento como debería hacerlo. Y como siempre escribo de mi experiencia para que el lector no cometa los mismos errores que yo, pues bien, aquí comienza otra aventura de letras, comienza la historia de esa frase que escucho tanto y todos los santos días.

El chino que me habló bien clarito en español.

La primera carrera que estudié fue Diseño, una mezcla entre gráfico e industrial y la verdad es que debido a mi gran problema con la motricidad fina, los resultados nunca fueron los óptimos, es más eran vergonzosos, paupérrimos, funestos, deplorables y todos los sinónimos que se les venga a la cabeza. Yo era (y aún soy) incapaz de hacer una línea recta aunque lo haga con regla en mano, soy 100% atáxico. Torpe como le dice Don Ramón al querido Chavito del 8.

Mis compañeros, en menos de un semestre, ya eran verdaderos artistas, frente a eso; yo los miraba y admiraba, para mí estaban al nivel de los grandes arquitectos egipcios y romanos. Sentía que no tenía nada que hacer, sólo admirarlos, envidiarlos en secreto y retirarme con dignidad.

Un día, en plenas presentaciones, 2 profesores se dedicaron exclusivamente a torturar de la manera más cruel a mis compañeros (y sin una razón aparente). Recuerdo perfectamente que fue una jornada lluviosa de junio, sanguinaria, más de 2.200 muertos y 700 heridos; la matanza fue indescriptible, grosera y despiadada señores. La población estaba devastada, era como caminar por las locaciones de la película “El Pianista”, era como si hubiese caído una bomba de napalm en la sala C-104. No sabía si estaba en la universidad o en Vietnam. Fue una verdadera pesadilla.

¿Qué pasó conmigo?… nada, absolutamente nada. Salí con apenas un rasguño (la evaluación mínima). Ese trabajo no lo hice, y por lo mismo no presenté, sólo asistí a “dar la cara”. Los dioses estaban de mi lado ese día.

El gran problema, que detecté  en aquella jornada destructiva, fue que mis compañeros sabían diseñar e implementar materiales de manera hermosa y poética, pero no sabían presentar, vender y defender sus ideas frente a una comisión. Ahí fue donde pensé  en mi primera estrategia. Ellos desarrollan y yo vendo, yo sé vender ideas, no le tenía miedo a los orcos y dragones que tenía frente a mí. Ya había pasado por tantas guerras que ya conocía y sabía lo que querían. Propuse la idea a un grupo de compañeros y listo, tanto ellos como yo, ganamos. Se acabaron los balazos que me recordaban la muerte de Sonny Corleone (si no sabe quién es, partió a ver El Padrino).

Eso pasaba en presentaciones grupales, pero cuando eran individuales todo volvía a su estado natural sólo que, de tanto observar a mis compañeros, fui adquiriendo un poco más de disciplina al trabajar y ahora mis presentaciones duraban 6 rounds y no 1 o 2, sino 6.

“¿Landauro, por qué  no estudia Publicidad o algo así? usted tiene buen bla bla, su trabajo es espantoso, pero puta que habla lindo…” me dijo un profesor medio chinito que no recuerdo cómo se llama porque me caía pésimo. Fue tanto el poder que tuvo esa frase en mí, que al año siguiente ya estaba matriculado en Publicidad. Desde ese entonces ya han pasado más de 10 años.

Hoy, como académico y DGC en una agencia, me enfrento a muchos “Nicolases” dando vueltas por ahí y siento una gran nostalgia cuando converso con ellos y ponen en duda su calidad como creativo y desarrollador.

Hace muy poco, en una linda conversación con un estudiante, me impresionó lo poco que se creen el cuento, me impresionó que no se den cuenta que tienen muchas ventajas por sobre el resto. Viven hundidos en el miedo y el pánico. Viven pensando en que lo que están haciendo, lo están haciendo mal o que les criticarán todo lo que hagan. Viven confundidos y cuestionando si sirven para esto o no, eso los limita, eso hace que no sean lo que quieren ser.

Hace muy poco, en una linda conversación con mi dupla, me impresionó lo poco que se cree el cuento, me impresionó que no se dé cuenta que tiene mil ventajas por sobre el resto.
Vive hundido en el miedo y el pánico… y sí, copiar y pegar lo mismo de arriba.

Hace muy poco, en una linda conversación conmigo, me impresionó lo poco que me creo el cuento… y sí, nuevamente copiar y pegar.

En base a un artículo anterior, un muy buen conocido me escribió : Simplemente un grande. Eres de esos formadores profesionales que hacen falta. En lo personal me hubiese gustado mucho que mi jefe de carrera se hubiese parecido un poco al menos a ti…”. Es hermoso recibir palabras así pero si usted cree que esto me emocionó y llenó de orgullo, está muy equivocado. Sólo pude pensar: ¡Mierda! Qué fuerte, qué golpe más duro.
Yo jamás fui profesor de este muchacho (Walter), es más lo veo 1 o 2 veces al año (desde hace 3 años) ¿y saben lo que he hecho para que me diga eso? Ofrecerle mi ayuda, destacar su habilidad profesional y saludarlo con un abrazo gigante cada vez que lo veo. 3 simples cosas pueden cambiar la percepción de otra persona. Nada más que eso. Ofrecer ayuda, destacar y sonreír.

Ahora entiendo porqué a tantos estudiantes les cuesta o les da miedo demostrar su verdadera calidad. Y me asusta saber que aún quedan docentes que creen que la calidad de otro se mide en una escala de 1 a 7.

Como les conté en un artículo anterior, vengo llegando de un planeta que demanda la perfección, un planeta oscuro y lejano llamado Marketing. Hoy, y en el año 2017, ya no comparto 100% todas las bondades del concepto perfecto.

Según plataformas como la RAE, perfecto significa: Que tiene el mayor grado posible de bondad o excelencia en su línea.

Qué  linda es la palabra excelencia, pero que mal acostumbrados estamos a ella.
Todos sabemos que 2 + 2 es 4. Pero muchas veces me topé con la sorpresa de que, a pesar de que 3 + 1 o 1+1+1+1 siguen siendo 4, el desarrollo era considerado malo. Y esta malformación viene desde la educación básica, donde se mide el resultado final y no la ruta de navegación o la intención.

¿Qué  quiero decir? Largas conversaciones con colegas, amigos y libros, me cambiaron la visión y el enfoque. Comencé  a medir la intención más que la ejecución; ya que la perfección se encontrará cuando el estudiante esté en una zona de confort con directores creativos, directores de arte, clientes, etc.

Amigos, colegas, lectores… no hay nada más real, que la misma realidad. Por mucho que queramos acercarla con ejercicios de alto nivel de exigencia, lo siento, es imposible.
Los fracasos, las caídas y los errores sumado a los años de experiencias, le darán la perfección al estudiante y ese es un proceso que dura años, no 8 semestres.

Entiendo que las academias busquen acercar la realidad al estudiante para que salgan preparados al mercado, pero ¿lo estamos haciendo bien? Una escala de 1 al 7 (escala evaluativa chilena) ¿define realmente las habilidades duras y blandas del estudiante? Según yo, no, imposible.

Es ridículo categorizar la calidad de los profesionales por lo que haga o no haga durante 4 años de aprendizaje. Es absolutamente ridículo. Yo “despegué” recién al semestre 10 desde que pisé una universidad y les aseguro que no soy el único.

¿Puedo decir algo fuerte? No es secreto y todos lo sabemos, pero estamos rodeados de monstruos creativos y profesionales que no tienen título profesional. No diré  sus nombres para no perjudicarlos en caso de (uno nunca sabe), pero sí, es una realidad. El talento no te lo entrega un cartón, el talento te lo entrega la superación personal, la motivación de querer salir adelante y la motivación de querer dejar algo en la vida de otros. Seba Arredondo (DC de la agencia Insane) en un buen café me dijo lo único que debemos lograr, es que los chicos se atrevan a dejar el corazón en la mesa en cada cosa que hagan, el aprendizaje te lo da la vida.

Por eso agradezco infinitamente haber compartido aula con guías y motivadores. Guías que al hacerte correcciones, te dejan tranquilo y no con lágrimas en los ojos.

Basta de guías que no guían a nadie, guías que no motivan y que no muestran los inmensos beneficios de cometer errores. El error no puede ser castigado porque el estudiante, en primer lugar, no tuvo la intención de equivocarse.

Tomemos el carbón hirviendo, los que somos académicos, y hagámonos responsables de mejorar la calidad de vida de los que, en un futuro, se tomarán la industria. Si un alumno reprueba por evaluación, léeme bien es porque tú no tuviste la capacidad de sacarlo adelante y generarle una educación conductual (…y si es que sabes lo que es la educación conductual, claro).

En el Festival WINA de Santiago, me encontré  con José Ramón Cárdenas (Presidente del Colegio de Publicistas de Chile). Y después de un gran saludo tuvimos la siguiente conversación:

-Sigo tus artículos ¿cuándo se viene el próximo?

-En julio y se llamará:  ¿Por qué te cuesta tanto demostrar lo bueno que eres?

-No Nico, es ¿Por qué nos cuesta tanto demostrar lo bueno que somos? No nos valoramos, no nos apoyamos y eso nos pone murallas que no nos dejan seguir adelante.

¿Les cuento algo? Esta columna me costó mucho cerrarla (llevo 2 meses), porque no sabía cómo, y no tenía la respuesta final. Pero entre lo que me dijo JR y un mensaje de WhatsApp que me acaba de llegar (hoy, viernes 30 de junio a las 16:20 hrs), me acabo de dar cuenta de que la única forma de demostrar lo bueno que somos, es siendo motivados por personas que queremos.

Qué rico es cuando la gente te dice cosas como: “Nico, hace semanas me he dado cuenta de que tu mirada ha cambiado, no sé el motivo, ni pretendo que me cuentes. Sólo quiero decirte que liberes tu alma, atrévete a tomar un bus aunque no sepas donde te dejará.. Eres un capo, es más debo confesar que desde años sigo tu trabajo y admiro cada paso que das, te has convertido en una inspiración para muchos que te seguimos en silencio…”

¿Cómo carajo no me voy a motivar y demostrar lo bueno que soy si una persona me dice algo así?
¿Depende de uno quererse, valorarse y tenerse toda confianza del mundo? Sí claro.
Pero muchos caminamos con los ojos vendados, necesitamos una palabra de apoyo, que nos haga ver las cosas buenas que hacemos y, por sobre todo, que nos valoren. Ese es mi Grand Prix, ese es mi León de Oro, ese es mi Effie, ese es mi premio más sagrado, el que me da la gente que quiero y admiro.

Nicolás Landauro
es Director General Creativo en Grupo Primal Chile. Síguelo en Twitter e Instagram
Comentarios y debate
Buscamos opiniones, puntos de vista, respuestas coherentes y aporte al debate.
Regístrate en el Club de Lectores y obtén beneficios, invitaciones a eventos y cursos.

Contenido Relacionado