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    Ni bronce, ni plata, ni oro

Quisiera yo tener un Cannes en mi escritorio, pero no. Con suerte tengo un lápiz roñoso casi sin tinta, con tapita roja (pero escribe azul). Quisiera yo tener un Effie para ponerlo al lado de mi notebook, pero no, tengo mi clásica taza de Unión Española con medio café sin tomar y un vasito de Hulk.

La verdad, es que de premios no puedo hablar mucho, porque mi máximo logro es haber salido goleador de Baby Fútbol en mi colegio el 2002. Ah! y una vez salí elegido como el mejor amigo en un grupo de whatsapp (ordinario el premio, pero… bueno algo es algo).

No estoy aquí para hablar de mis logros, mis lujos, mis joyas, mis viajes por el mundo o de mis descontroladas fiestas estilo “Ojos bien cerrados” con grandes directores creativos sudamericanos. No estoy aquí para contarles todo lo “glamoroso” que puedo ser gracias a esos premios; que por cierto nunca he ganado.

Estoy aquí para contarles brevemente cómo hoy, sin mayores logros en la industria, sin cargos gerenciales en multinacionales y sin un portafolio que mostrar, logré ser jefe de carrera de una pequeña escuela de Publicidad y después, Director General Creativo de una agencia.

Comienza la historia…

Nunca fui buen alumno, no me destacaba por mis proyectos y menos por mi responsabilidad. ¿La verdad? es que no sé cómo salí del colegio, o peor aún, cómo me titulé teniendo esas notas y ese paupérrimo rendimiento en la universidad. Sí, era el mal alumno del curso en ambas etapas de estudio. “Fracasado o sin futuro” eran frases comunes que escuchaba a diario cuando estaba en el colegio… qué crueles eran las “bromas” en esa etapa.

Mi cambio de vida (o comportamiento) no fue porque reaccioné a estímulos educacionales ni menos por querer salir del problema que me aquejaba. Fue simplemente porque un día sin querer y en una discusión miré los ojos de mi padre y me di cuenta de que le estaba fallando en lo único que él me pedía en la vida: rendir académicamente. Lo vi triste, angustiado y decepcionado. Él mismo se culpaba y eso fue lo peor. Cuestionaba su calidad como padre por el solo hecho de que yo nunca le tomé el peso a lo que él me pedía.
Sentí que ese día lo perdí, sentí que ese día fui la persona más mal agradecida de todas.
Darme cuenta que le estaba fallando a alguien que amo, generó un cortocircuito en mi vida.
Ese fue el momento cuando me dije esta hueá tiene que cambiar.

La constante humillación por parte de mis ex compañeros de colegio donde me tildaban de fracasado me hizo pensar que tenían la razón. Y es fuerte considerarse un fracasado durante años cuando quizás nunca lo fui, quizás sólo pecaba de inmadurez y no veía que contaba con lo más importante: la mirada y fe de alguien especial.

Y es por eso que este artículo (al igual que todos los que escribo), no se trata de un análisis profundo de la última campaña de Volvo, de reacciones de mercado frente a TLC, o sobre tendencias globales. Al contrario, sólo busco que miren a su lado y vean lo que los rodea. Sus padres, un amigo, una pareja, un profesor o esa persona especial que no siempre está a tu lado, pero que siempre estará contigo.

¿Cómo logré ser Jefe de Carrera a mis 31 años y al año siguiente DGC de una agencia?
Me di cuenta que tenía una deuda pendiente, no con mi carrera, con mi vida. Una deuda con la gente que confía en mí, una deuda con los que alguna vez dijeron: serás bueno siempre y cuando te pongas las pilas. Recuerdo con mucho cariño esta frase de Carol Werner-Wildner, Fernanda Mesa y Carlos Nuñez, profesores de vida, más que de carrera.

La vida está llena de deudas, de motivos, de estímulos que te darán fuerzas para levantarte después de tanta caída. Hoy, soy un convencido que desde abajo se ve el cielo, pero que si queremos verlo desde arriba, sólo depende de nosotros mismos el lograrlo.

Después de sentir cero credibilidad por parte de mis pares (compañeros en ese entonces), creo que ser bueno o malo no depende de una formación académica, de la materia, de la buena memoria o de manejar correctamente la plataforma Adobe. Depende de abrir los ojos y de aceptar que uno nunca estará completo, que no estás en un 100% y que debes reaccionar, tarde o temprano, pero debes hacerlo. Saldar deudas con la vida.

Mis logros profesionales no los atribuyo a un programa de maestría o a altos cargos. Los atribuyo a que entendí que la memoria emotiva (como herramienta motivacional, no como recurso actoral) es un arma letal para seguir corriendo aunque tu cuerpo te pida y ruegue por tirarte al suelo.

El primer pedagogo teatral que se ocupó de la memoria emocional o emotiva fue el gran maestro Konstantín Serguéievich Stanislavski, (1863-1938), actor, director y autor ruso, nacido en Moscú, fue quien desarticuló el estilo de actuación. En sus investigaciones, elaboró el concepto de memoria emotiva, en el cual el actor para lograr un objetivo actoral, como llorar, debe apelar a su propia vida, a las circunstancias dadas o a algo como cúmulo de recuerdos emotivos. Para ello el actor debe recurrir a su cuerpo, a su memoria, a su vida. Al lugar donde se encuentran las experiencias realmente importantes o aquellas que aún no han llegado.

No hay que desechar los recuerdos, por muy malos que sean, hay que conservarlos y usarlos como pie de apoyo para dar el siguiente paso.

Imposible olvidar cuando a Carl Brashear (Interpretado magistralmente por Cuba Gooding Jr.) en la película “Hombres de Honor” le preguntaron: “¿Y por qué lo deseas tanto? Porque me dijeron que no lo lograría– respondió.  (Si no ha visto esa película, cierre esta porquería y vaya a verla ahora mismo).
Me parece tan extraño cuando en ofertas laborales veo textos como “se busca profesional que maneje bien sus emociones, con tolerancia a la frustración y agallas para trabajar bajo presión”.

¿Qué esto, un casting para una nueva versión de SAW? porque si alguien ligado a la creatividad busca creativos, redactores y directores de arte con esas características, le pido de corazón que abandonen el barco; porque en las agencias debe trabajar la fibra, no la esclavitud del holocausto alemán.

“¿Y cómo este hueón logró ser Director Creativo si era tan penca?
Seguramente varios lo dijeron cuando vieron mi actualización en LinkedIn en febrero del 2016. La respuesta es simple: lo logré perdiendo 2.605 batallas, perdiendo 2.804 guerras y perdiendo 1.995 oportunidades de ser bueno. Costó, seguramente 22 veces más que a otras personas, pero aquí estoy, escribiendo y compartiendo mi historia con ustedes.

¿Qué busco con este artículo? Hacerles entender que se puede salir adelante, solamente necesitas una razón para lograrlo. Busca lo que hace brillar tus ojitos, busca “eso” que te da pena, “eso” que te molesta, “eso” que te da rabia, lo que sea, pero busca incansablemente “algo”. Y cuando lo encuentres, no lo dejes ir, porque “eso” siempre será tu life motive. “Eso” será lo que te cargue la batería para ser lo que quieres ser. Mi life motive es la mirada de mi padre de aquel día.

Quizás él ya piensa que toda deuda está saldada, no sé, nunca se lo he preguntado y no lo haré tampoco, porque si me conformo con eso, nunca dejaré de crecer y de creer que puedo seguir creciendo. No puedo, es mi deber seguir adelante, por él, por la gente que cree y confía en mí.

Este texto no te entregará el mapa del tesoro escondido. No puedo darte las “10 claves para ser el creativo del futuro”, tampoco puedo hablarte de “Social Media, el futuro de la relación cliente/marca”, sólo te entregaré un granito de arena, uno no más. Y como digo a cada uno de los integrantes de mi equipo: “no me interesa que seas el mejor creativo, quiero que seas inteligente y honesto contigo mismo. Si te equivocas, ya está, ya pasó”.

Este texto va dedicado a los que fallaron una vez y perdieron la credibilidad del resto. Va dedicado a quienes no recibieron otra oportunidad después de ese pequeño o gran error. A los alumnos que quedaron abandonados en los trabajos grupales. A todos los que se sintieron menos creativos que sus compañeros, solamente porque su evaluación fue menor. A los que estudian toda la materia y después igual les va mal porque los nervios lo traicionaron. A los que se ponen nerviosos en cada presentación y lo único que quieren es salir corriendo de la sala. A todos los que se tienen que esforzar 26 veces más que el resto. A los que todavía hacen mal el Porter. A todos los que viven lejos de su casa de estudio, se levantan temprano y/o se devuelven tarde. A todos los que caminan solos por los pasillos escuchando música esperando que alguien les diga “¿hagamos el trabajo juntos?”. A esos que nadie les pregunta “¿cómo te fue en la prueba?”, porque para el resto es obvio que les fue mal.
A todos los que injustamente son catalogados como malos alumnos por el simple hecho de ser distintos al resto. A todos aquellos que sienten que no están listos para egresar, a todos los que a lo largo de este relato hayan dicho “me pasó lo mismo”.

Este texto va dedicado a todos los que se acaban de dar cuenta que un Director Creativo se equivocó igual o más que ustedes.

“Esos son los locos, los incomprendidos, los rebeldes, los problemáticos, las estacas redondas en los huecos cuadrados los que ven las cosas de otro modo. No están sujetos a las reglas y no respetan el status quo. Puedes citarlos, estar en desacuerdo con ellos, glorificarlos o maldecirlos, pero lo único que no puedes hacer es ignorarlos, porque cambiaron las cosas. Impulsaron al género humano a avanzar y aunque algunos puedan verlos como locos, nosotros vemos genios, porque sólo quienes están tan locos como para pensar que pueden cambiar el mundo son capaces de cambiarlo de verdad. “

Think Different, 1997

Este texto va dedicado a todos los que, al igual que yo, están cagados de miedo y conocen el suelo desde cerca.

Nicolás Landauro
es Director General Creativo en Grupo Primal Chile. Síguelo en Twitter e Instagram
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