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    Criticar es fácil

Bienvenida tu pesadez

La crítica es chaqueteo. En mi opinión eso lo dicen los mediocres que tienen miedo a darse cuenta de la basura de trabajo que hacen.

Muy recurrentemente me dicen que soy un pesimista o que mi visión siempre es negativa. Que siempre encuentro todo malo, no solo el trabajo de los demás sino que particularmente el mío, y que tengo una parada autoflagelante respecto a las cosas, como si buscara conscientemente interminables errores para poder apretar mi cilicio y pagar algún tipo de penitencia. Pero la verdad es que no quiero morirme (ojalá en mucho tiempo más) pensando que lo que hice siempre estuvo en el terreno de lo correcto y desde mi punto de vista, la autocrítica es imprescindible para ser algo más que un cero.

Criticar no es fácil, porque la norma básica de quién critica abiertamente es que tiene que estar dispuesto a aceptar otra crítica del mismo calibre. La fuerza que yo ejerzo sobre un cuerpo es exactamente igual a la fuerza que ese cuerpo ejerce sobre mi, habría dicho mi profesor de física hace unos veinticinco años atrás. Qué vejete soy, pero así es la cosa. Por eso mismo es que me parece relevante una columna que hable destempladamente sobre las cosas, sobre cualquier cosa, pero que hable sin miedos a recibir una respuesta de vuelta y con la convicción de que lo que es pésimo puede ser malo, lo que es malo puede ser aceptable y que lo que es bueno, siempre –pero siempre– puede ser mejor.

La crítica es una rebelión contra la autocomplacencia que nos tiene a todos cloroformizados en la nebulosa de lo que, bajo cierto ambiguo punto de vista, es bueno. Porque estoy seguro que todos odiamos un poco ese súper positivismo en los comentarios de la algunas páginas de Facebook donde se suelen publicar campañas; “Está increíble!!!!” o “buenísimo, los felicito”, cuando sabemos que de verdad, la dirección, la fotografía o la actuación son horripilantes. No me hueveen, un comercial de Claro no merece un “buena!” y la vieja de mierda que da consejos de pensiones ridículas a su hija opus mientras se toman su sour en la terraza del restaurante más caro de Viña del Mar; un insulto.

Hace unos días atrás un director de comerciales me metió “conversa” sobre películas y me preguntó sobre algo que me hubiese sorprendido. No soy ningún experto y solo guiado por el gusto le comenté que la mejor sorpresa que me había llevado en mi vida había sido con Donnie Darko. Me miró con cara rara (y medio de huevón) y me dijo que no la “cachaba”. Ándate a la chucha, pensé yo. Cómo cresta alguien que se autodenomina director de cine no ha visto o ni siquiera “cacha” Donnie Darko. Autocomplacencia. Lisa y llanamente, lo que hace está bien para nuestro humilde mercado y por lo tanto puede seguir haciéndolo y al mismo tiempo ostentar la chapa de director. No se lo dije ahí mismo porque era un contexto poco apropiado y corría el riesgo de opacar una celebración en curso, así que me hice el elegante y lo miré con cara de moai para seguir con la conversación en otra dirección.

Criticar es fácil o debería serlo. Deberíamos poder decir lo que pensamos los unos de los otros y como publicistas deberíamos aceptar esa crítica como un incentivo poco amigable a ser mejores profesionales para construir una industria alejada de la mediocridad. La crítica es la acción más auténtica que puede haber en la búsqueda de la decencia. Al final, es un acto de buena fe, porque cuando te critico te estoy diciendo que no estoy dispuesto a dejarte caer en la autocomplacencia.

La crítica es exactamente lo contrario al chaqueteo. Por eso los invito a humillar, destruir y destrozar mi trabajo, porque desde hoy en este espacio yo voy a hacer lo propio con tu trabajo cuando éste sea una mierda.

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