Hacer clases donde la mayoría de los jóvenes interactúa con su celular u otros aparatos tecnológicos es un desafío para la docencia del siglo XXI. Un escenario que, lejos de asustar a los profesores, es un incentivo para quienes están comprometidos con la formación de sus estudiantes y, por ende, con la modernización de las técnicas de enseñanza.

Indicadores de la Subsecretaría de Telecomunicaciones (2013) señalan que Chile tiene un altísimo nivel de penetración de Internet. El 92,4% de los jóvenes chilenos de entre 15 y 25 años están conectados, ubicando a nuestro país en el lugar 23 del mundo en nativos digitales. Tendencia que coincide con el hecho de que 9 de cada 10 jóvenes, de entre 18 y 25 años, declara haber adquirido o recibido un dispositivo digital para apoyar sus estudios (La vida cambia, 2013). Un contexto que llevado al plano de la educación –tanto escolar como universitaria– plantea muchas exigencias y desafíos.

Para dar respuesta a este escenario, la experta en creatividad e innovación educativa y docente de la Universidad del Pacífico, Loreto González Lazcano, desde hace un año implementó en el área escolar la estrategia de “Clase Invertida” o “Flipped Classroom”, tendencia que expuso en una jornada-taller realizada con académicos de la Facultad de Ciencias Humanas y Educación de la U. del Pacífico.

Basándose en estudios del profesor Marc Prensky, la Psicopedagoga, Educadora Diferencial y Magister en Investigación Educativa, plantea que los jóvenes de hoy han sido y están siendo socializados de modo muy diferente a los de nuestra generación y las anteriores. “Estamos en un escenario que obliga a reconocer que hoy los jóvenes invierten un gran número de horas en videojuegos, en la gestión de mensajes de correo electrónico, en el chat, Facebook, Twiter, WhatsApp, etc. Otro número de horas empleadas hablando por el teléfono móvil, otro tanto de horas destinadas a ver televisión y con seguridad muy pocas horas destinadas a la lectura de libros”, precisa.

“Se trata de jóvenes que más que navegar en la red, viven conectados a ella; funcionan en red; prefieren ambientes lúdicos, diferentes a los tradicionales; esperan ser respetados y que sus opiniones sean valoradas; trabajan a partir de sus intereses y motivaciones; aprenden creando y a través del uso de herramientas digitales; trabajan colaborativamente en red y a partir de poder relacionarse con otros en el mundo, interactúan con contenidos relevantes, pertinentes y cercanos a su realidad. Necesitan de clases participativas y no de charlas magistrales”, aclara la docente.

Por otra parte, la profesional señala que hoy se experimentan nuevas formas de aprender pues el conocimiento ya no reside únicamente en las salas de clases y en los libros, lo que supone un cambio importante en la práctica de la docencia. “Hoy en día el conocimiento aparece desde múltiples situaciones, en diversos formatos, en las redes, videos, etc., y esta situación nos muestra la gran necesidad que tenemos los docentes de adaptarnos a ello y, al mismo tiempo, de aprovechar las posibilidades que la sociedad de la información y el conocimiento nos ofrece y también les ofrece hoy a nuestros estudiantes”, dice la experta.

Una de estas alternativas es la estrategia de “clase invertida” o “flipped classroom”, idea que se le atribuye a dos profesores de la Escuela Woodland Park High School de EE.UU., Jonathan Bergmann y Aaron Sams, quienes en el 2007 comenzaron a utilizar videos y otro tipo de aplicaciones para hacer demostraciones y presentaciones con el propósito que sus estudiantes no perdieran clases debido a enfermedad, actividades deportivas o por tener que asistir a otros eventos académicos.

Loreto González Lazcano explica que la “clase invertida” traslada la exposición de ciertos contenidos del profesor a un momento previo a la clase. Para ello se les envía a los estudiantes con antelación material audiovisual, presentaciones, casos o un documento a leer, por ejemplo, siempre acompañado de algún tipo de actividad a desarrollar a partir de ese material. “De este modo, el estudiante viene a clases con la actividad desarrollada, con ideas, preguntas y respuestas que son trabajadas durante la clase, transformando este espacio en oportunidades de aplicar, discutir, preguntar y responder, ejercitar, desarrollar proyectos y, de modo importante, colaborar, todo ello facilitado por el docente”, indica.

El foco de este sistema es dar énfasis a clases participativas más que expositivas, rompiendo la rutina de las aulas, de modo que lo que se potencie sea la puesta en práctica de competencias y habilidades para seleccionar, analizar, argumentar, preguntar, relacionar e inferir conocimientos de modo significativo y ligado a sus vidas, por sobre la transmisión del contenido en sí. “Un enfoque donde la lógica es dar el protagonismo a los estudiantes, los que a su vez son retroalimentados por el profesor, quien facilita y potencia otros procesos de adquisición y práctica de conocimientos dentro del aula”, dice.

Una clase que no se invierte de cualquier manera

Si bien no hay una sola receta de cómo implementar una clase invertida, para que esta metodología se exitosa requiere de un diseño y planificación determinada, que va más allá de solicitar el desarrollo de actividades previo a la clase. “Además, es preciso diseñar muy bien aquello que trabajarán los estudiantes durante la clase, orientando la aplicación de conceptos clave a partir de actividades diferenciadas como debates, análisis de casos, proyectos, etc. El docente en este contexto va retroalimentando a los estudiantes y, con ello, evaluando su comprensión y promoviendo la toma de conciencia de lo aprendido”, comenta la docente de la Universidad del Pacífico.

En todo este nuevo enfoque, se facilita la inclusión de nuevas estrategias pedagógicas, como promover el pensamiento divergente por medio del desarrollo de preguntas para el aprendizaje que den pie, por ejemplo, a respuestas amplias y diversas, y no a una simple afirmación o negación. “Del mismo modo, se favorece un ambiente donde el juego tiene lugar y el uso planificado del celular puede representar un gran aliado para el logro de aprendizajes”, asegura González.

Tratándose de una estrategia pedagógica que promueve la autonomía del estudiante, también se valora que el profesor escuche a los estudiantes, permitiendo que ellos propongan soluciones y propuestas de aprendizaje. “Ellos saben de qué modo aprenden mejor”, concluye la experta.

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